Se la comí como una posesa. Él con sus brazos dirigía el ritmo con el que quería que se la comiera y yo estaba encantada. Era un motero de los que me gustaban. De los rudos, de los que querían llevar el peso de la relación. Me hacía que me la metiera hasta el fondo. Me hacía tragármela entera hasta casi atragantarme. Pero me daba igual, estaba muy perra y estaba gozando.
Pronto decidió que ya estaba suficiente excitado y me pidió que fuéramos a la habitación. Allí me desnudó, me tumbó en la cama y me folló con muchísima fuerza. El cabrón era todo pasión, todo furia. Y eso me encantaba. Mi coño estaba chorreando. Y al poco de empezar a follarme me corrí por primera vez.
Oír mis gemidos y sentir con su polla como me estremecía parece que le excitó aún más, pues comenzó a embestirme como un auténtico toro. Los golpes eran cada vez más fuertes. Pero me estaba encantando. Me corrí por segunda vez. Decidí que ahora quería ser yo la que le follara a él. Quería ser yo la que levar el ritmo.
Así que le tumbé en la cama, me arrodillé encima de él y me la metí hasta el fondo. Quería ver su cara de placer mientras mis caderas se movían con fiereza y mientras mi coño engullía una y otra vez su enorme polla. Mi ritmo era fuerte y sus gemidos me decían que estaba muy próximo de correrse. Yo me fui por tercera vez. ¡Dios, que bien lo estaba pasando!
Eso me ponía aún más, por lo que mi cabalgada fue brutal. Pronto me estalló dentro de mí. Sentí como toda su leche llenaba mi coño y su calor dentro de mí fue la guinda al fenomenal polvo que me había dado. Doy vueltas bastante a menudo en su moto. Nos encanta tomarnos “unas cervecitas” después.
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