Me encanta pasear por el paseo de la playa. Sí, porque allí hay mogollón de chicas haciendo deporte con sus mallas ajustadas, sus tetas apretadas por sus tops ajustaditos… y disfruto observándolas y fantaseando con ellas. Muchas veces mi imaginación echa a volar y comienza a imaginarse a alguna de esas chicas desnudas, sudaditas, follándome cómo perras…
Pero el otro día una de esas fantasías se hizo realidad y aún no me creo lo que pasó. Os cuento.
Estaba yo como muchas otras veces paseando por el paseo, observando el panorama y viendo como muchos corredores, ciclistas o patinadores pasaban por mi lado a gran velocidad. Estaba yo absorto en mis pensamientos y fantasías cuando una patinadora me hizo salir de mi trance.
Era preciosa, con unas ajustadas mallas blancas y una ceñida camisa de tirantes que le marcaba muy bien unas tetas no muy grandes, pero seguro que duras y sabrosas como pocas. Venía hacía mí, en dirección contraria, y mientras se acercaba yo me iba hipnotizando con sus contoneos. Creo que ella se percató de mi cara de deseo porque pasó mirándome y sonriéndome.
Me quedé mirándola y no dejé incluso de hacerlo cuando me sobrepasó, ya que me di la vuelta para seguir mirándola. Ella hizo lo mismo, con la mala suerte que uno de sus patines encontró una piedra, se desequilibró y cayó al suelo. Corriendo me acerqué para socorrerla y ver que tal estaba.
Ella no paraba de reír de la vergüenza, diciendo que estaba bien y poco a poco se fue poniendo roja como un tomate. La levanté del suelo, con la mejor de mis sonrisas y con palabras de ánimo. Estuvimos hablando un largo rato de cosas triviales mientras mi mente fantaseaba con poseer a ese cuerpazo escultural. Ella parecía majísima, aunque yo no podía apartar de mi mente las ganas que tenía de follármela.
Tras unos minutos de conversación, le propuse venir a mi casa, que estaba cerca de allí, a tomar un refresco para que se repusiera del esfuerzo y del golpe, a lo que ella accedió encantada.
Mi casa está casi en el paseo. Es un pequeño chalet con piscina. No es gran cosa, porque es pequeñito, pero a las visitas siempre les encanta ver la piscina y se quedan maravillados viendo la casa. A esta le pasó lo mismo. Nos sentamos en la terraza, cerca de la piscina y tras sacar unos refrescos empecé a seducirla con mis palabras y mis cumplidos.
Me costaba encontrar las palabras correctas, estaba descentrado. Trataba de no dejarme llevar por mi polla, dura como una piedra imaginando el preciado tesoro que escondía mi chica debajo de esas mallas blancas, pero me era muy difícil. Ella parecía notar lo que estaba yo pensando porque poco a poco se fue acercando más a mí.